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DEL ESPIRITU
¿EXISTE DIOS?
Dios, representa para el ser humano la última pregunta y la presencia de su idea aparece cuando sus conocimientos no le permiten ir más allá de las fronteras de la razón o bien le es inculcada desde su niñez como axioma de alguna determinada religión, o accede a ella a través de su cavilación, intuición o meditación. Un hombre sabio dijo en cierta ocasión que los hombres caminamos hacia el conocimiento de Dios como una aspiración fundamental. También consideraba, al hilo de la anterior afirmación, que cuando esta meta fuese alcanzada la humanidad dejaría de ser tal para ser Dios mismo. Sus palabras, no se si erróneas o acertadas en tanto desconozco si nuestro crédito de tiempo puede llegar a ser tan longevo, merecieron mi reflexión. Si esto es así, en una trayectoria histórica en la que cada nuevo avance representara un paso más en dirección hacia esa revelación, la búsqueda de conocimientos del ser humano adquiere una nueva dimensión y por tanto la ciencia y la espiritualidad no serían enemigas si no más bien hermanas que podrían marchar cogidas de la mano. Una dimensión semejante debe estar regida por sólidos principios, por una paradigma que organice, segregue o afirme cada escalón de nuestra ascensión y por lógica debe ser enunciada por sus actores. Sólo unas pocas culturas han conseguido aunar estos dos aspectos básicos del conocimiento sin fricciones y su filosofía está basada en considerar el conocimiento del medio físico como el conocimiento de Dios mismo, no sólo sin verse obligados a separarlos como en Occidente, si no más bien creyendo en la imperiosa necesidad de mantenerlos unidos. La mayor parte de estas culturas están fundamentadas en la integración del humano en la naturaleza y sus sorprendentes expresiones religiosas son las muestras de la unión de cuerpo y espíritu con las manifestaciones de la divinidad que la Madre Tierra expresa. En nuestro mundo las doctrinas basadas en la creencia de un Dios omnipotente hecho a nuestra imagen y semejanza expanden sus tentáculos a modo de enseñanzas sobre la política y la conducta social con la que debemos dirigirnos y viven en perpetua oposición a los progresos científicos. Todos conocemos las perniciosas consecuencias de este camino a lo largo de la historia que llegando a nuestros días se han convertido en una fanatización preocupante y homicida. Como una consecuencia contra ella surgieron las voces ilustradas de aquellos que separaron radicalmente religión y ciencia pues la primera se revolvía contra la otra a la menor oportunidad hasta el punto de vapulear, o matar si se le permitía, a cualquier humano que sobrepase los límites de lo que ciertas autoridades morales considerasen aceptable. Hoy en nuestro mundo Occidental la ciencia hace caso omiso, y no le falta buena parte de razón, cuando cualquier manifestación moral cuestiona la ética de algunos avances. Sin embargo en las culturas unidas a la tierra, esas mal llamadas primitivas, la proyección social de la religión es más un hecho inevitable, por momentos un escollo, que un fin en si mismo, y, o bien es tenida en cuenta en la medida que pueda beneficiar, o sencillamente no se plantea. Sus guías espirituales no son los encargados de decirles como deben vivir, ni tan siquiera de ser jueces, son al mismo tiempo que hombres de ciencia, consejeros espirituales de las poblaciones sobre las que ejercen su actividad. Esta actividad está ligada tanto al conocimiento del mundo que habitan como al plano espiritual que pueda subyacer en cualquier manifestación de la naturaleza porque consideran que materia y espíritu son una misma entidad y encuentran inimaginable que puedan tratarse por separado. Creo, en mi ignorancia y mis limitaciones, que la superación de la tradición judeocristiana occidental, que coloca al hombre como dueño y señor del mundo y al mismo Dios como su aliado, puede ser un paso fundamental para el esclarecimiento de la cuestión que siempre nos hemos planteado de si Dios es algo más que un deseo humano como antídoto contra sus miedos y sus limitaciones. Y sobre todo creo, además de personas infinitamente más cualificadas que yo, que si no lo hacemos nos dirigimos hacia el desastre. Nuestros paso pueden, y seguramente deben, encaminarse a tratar de aunar cuerpo y espíritu, visible e invisible, tangible e inconcreto, ciencia y religión. Si un buen día, en una cultura renovada, las personas tuvieran la dicha de integrarse en la naturaleza, de la que son miembros y deudores, quizá fuese posible atisbar el principio del planteamiento de la ecuación que despejase la difícil incógnita de si existe Dios. Y no siendo así, ¿ Acaso tan maravilloso viaje no merecería la pena?. コメント (1 件)
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